3º OBJETIVO: RECONOCER EL CUERPO COMO INSTRUMENTO DE JESÚS

¿Podemos reconocer que nuestro propio cuerpo puede ser instrumento del amor de Jesús? ¿Reconocerlo como instrumento para amarnos y para amar a otros? Reconocer es el segundo verbo más citado en la Carta Encíclica Laudato Sí, menos que cuidar y más que amar y contemplar. Experienciándolo yo ¿podré transmitir a los jóvenes que su cuerpo es instrumento de Jesús?

images“La amabilidad supone la capacidad de sentir el corazón del otro y el corazón secreto de todas las cosas. La amabilidad designa entonces aquel «modo-de-ser» que descubre el corazón que palpita en cada cosa, en cada piedra, en cada estrella y en cada persona. La persona amable ausculta, pega el oído a la realidad, presta atención y pone cuidado en todas las cosas”.

¿Puedo pegar el oído a mi propia realidad? ¿Puedo auscultar mi corazón y responderme a una necesidad vital? ¿Puedo sentir mi propio corazón, cultivando mi propia interioridad para sentir el corazón de los otros y atender sus necesidades más reales? “Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de sus interlocutores y respondía a sus necesidades más reales” (MV n.8).

Fui misionera de la Madre Teresa de Calcuta. Estando en Zaragoza, vinieron un grupo de sacerdotes de la Orden y yo le pregunté al superior si una persona que tuviera vocación de aliviar al que sufre, independientemente de su condición social, podría pertenecer a dicha Orden ya que el carisma se centraba en los más pobres. Y él me contesto que sÍ ya que todos los que sufren son los pobres, los pequeños.

Para la m. Teresa “los problemas de la gente en Occidente son más profundos. Son problemas que están arraigados en las profundidades de sus almas”, por eso “deberíamos salir al encuentro de las personas. Al encuentro de los materialmente pobres, así como de los espiritualmente pobres”, empezando por nuestro entorno más cercano: “es muy posible que nuestros hijos, nuestro marido, nuestra esposa, no tengan hambre de pan, ni tengan necesidad de vestido y que no carezcan de habitación. Pero ¿estamos igualmente convencidos de que ninguno de ellos se siente solo, abandonado, descuidado, desatendido, carente de cariño? También eso es pobreza”.

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La M. Teresa hacia todo con la certeza de que lo que hacía a cada persona, se lo hacía a Jesús, que lo que las hermanas hacían con los abandonados, a los leprosos, se lo hacían y hacen a Jesús. Así lo expresaba “cada vez que toco el cuerpo de un leproso, el de alguien que despide un olor insoportable, estoy tocando el cuerpo de Cristo, el mismo Cristo a quien recibo en la Eucaristía”.

Boff explica que “la Orden de las Misioneras de la Caridad cultiva un carisma vinculado directamente a la ternura vital: El carisma de tocar a las personas en la piel, en el cuerpo y en sus llagas. «Tocadlos, lavadlos, alimentadlos», insistía la Madre Teresa a sus hermanas y a los muchos voluntarios que llegaban de todo el mundo para ayudarla en sus obras. La mano que toca, cura, porque acaricia, devuelve la confianza, ofrece acogida y manifiesta cuidado”.

Y cuando yo me sienta víctima de una injusticia, explotado en el trabajo, ninguneado por mi familia o abandonado por mi pareja; cuando me sienta solo, confuso, angustiado, temeroso o sin esperanza…¿Acaso no soy pobre? ¿Acaso no soy uno de sus pequeños? Y… ¿Si dejo reposar mi mano con delicadeza sobre mi cuerpo abatido? ¿Y si me consuelo con un gesto cálido? ¿No estaré aliviando al mismo Jesús?

abrazosPara Neff “el cálido abrazo de la bondad hacia uno mismo hace soportable el sufrimiento y proporciona un bálsamo que suaviza las aristas de nuestro dolor. Como hemos visto anteriormente “el gesto del abrazo suele resultar muy potente ya que dispara la oxitocina produciendo sensación de bienestar”.

Si en vez de huir de la cruz o de rechazarla; la acojo, la abrazo… El sufrimiento que conlleva. Bajo el peso de la cruz puedo considerarme del grupo de los pequeños de Jesús. Ya nos lo dijo: “Cada vez que hicisteis esto con uno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mateo 25, 35-40) Es un momento privilegiado de unión con Jesús. Y si a mí mismo, me abrazo, me acaricio el rostro con mi propia mano, a él le estas abrazando, calmando, consolando.

Nosotros, que “a través del culto somos invitados a abrazar el mundo en un nivel distinto” (LSí n.235), ¿estamos siendo invitados también a abrazar a Jesús en un nivel distinto? ¿Puedo reconocerlo desde mi fe? “¡Quienes quiera sean los pobres, para nosotras son Cristo: Cristo bajo semblanza de sufrimiento humano!” Se lo podemos pedir a él con una oración de M. Teresa: “Abre nuestros ojos, Señor, para que podamos verte a Ti en nuestros hermanos y hermanas” Pedirle que lo vea en mí.

Experienciandolo yo primero ¿podré transmitírselo a los jóvenes?

Todos los días en la celebración de la Eucaristía, rezábamos la oración de S. Francisco de Asís. De la misma forma que Francisco, le pedía ser instrumento de su paz ¿Podemos pedirle y reconocer que también podemos ser instrumentos suyos? ¿De su amor? ¿No sólo hacia otros sino también hacia mí mismo? ¿Puedo ser yo su instrumento para que Él mismo me consuele, me toque, me cure?

Sabemos que Jesús imponía tantas veces las manos a los que por diversas causas, él sabía que Papa_Francisco-abrazo-deformaciones-piel_MDSIMA20131107_0322_7sufrían ¿Por qué no a mí? Si una madre acaricia, abraza, está físicamente pegada al lado del hijo que sufre, que llora, rodeándolo con su cariño… ¡Cuánto más deseará Jesús estar conmigo! “Prueba a darte un abrazo cálido, acaríciate con ternura el brazo o la cara, o balancea suavemente tu cuerpo. Lo importante es que realices un gesto inequívoco que trasmita sentimientos de amor, atención y ternura.

Si hay otras personas contigo puedes rodearte el cuerpo con los brazos de manera discreta y darte un apretón suave y reconfortante. También puedes imaginar simplemente que te abrazas si no puedes realizar el gesto físico. Observa cómo sientes tu cuerpo después de recibir el abrazo. ¿Lo sientes más cálido, más tranquilo?

Resulta sorprendente lo fácil que es poner en marcha el sistema de la oxitocina y cambiar la experiencia bioquímica”. “Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz” (LSí n.221). ¿Y puedo hacerlo con mi mano que toca, que acaricia? ¿Con ese gesto cálido que me consuela y calma? Experienciándolo yo primero, ¿puedo transmitírselo a los jóvenes?

 

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